Hablando de unas madres
Una madre, es la persona –generalmente mujer- que
cimenta las bases en los hijos, para que puedan emprender un vuelo lleno de
conocimientos y experiencias hacia una larga travesía por el camino que la vida
nos llena de retos y obstáculos.
La madre, siempre luce ante nuestros ojos como la
mujer salvadora; en quien se encuentra consuelo y solución a las incertidumbres
que, por una u otra razón, no podemos resolver por nuestra propia mano. Así se ha
venido estableciendo socialmente pues, además de ser ya un canon; las madres
son siempre el ser que nos recibirá con los brazos abiertos, aun siendo un
pésimo ejemplo fraternal.
En muchas ocasiones, se le confunde con sólo un ser
de consuelo y salvación; para esto me baso en dos aspectos: una experiencia
propia, pues; hasta hace no mucho y por mera indiferencia, descubrí que mi
madre también es una persona que siente y sufre; y en las distintas sombras maternales
que aparecen en bastantes obras literarias; en donde la madre es sólo una sombra, que se oculta bajo las
circunstancias y aparece de un salto, sólo cuando se necesita de la fortaleza
sentimental o moral de un hijo o un esposo abatido.
De grandes y memorables madres –moralmente hablando-
desconozco bastante en la Literatura, pero no puedo ignorar a las desvividas figuras
maternas que esperan siempre a la redención fraternal; a quienes los hijos
deben el arrepentimiento de no haber ofrecido en el momento debido, un aspecto
más profundo de su vida a cambio del cariño y sacrificio que una vez, su madre
realizó por ellos; me refiero a aquellas figuras de nuestra regional música
mexicana. Como nos canta Vicente Fernández en su canción Madrecita querida: "Vuelvo a ti madrecita, a llorar en tus brazos, y a curar si es posible,
mi alma ya hecha pedazos", en donde, se observa esa configuración de arrepentimiento
y búsqueda de consuelo por parte del hijo. Y así, en muchos más ejemplos como
Armando Manzanero, Rocío Durcal, Los Tigres del Norte y muchos más, podemos ver
reflejado ese desconsuelo de no haber ofrecido a la madre, la reciprocidad de
sus afectos.
Por otra parte se encuentran las madres que no
son sólo una sombra o un ser de consuelo -a las cuales tampoco juzgo para bien
o para mal-, pues, al igual que las madres amorosas, las dictadoras también se
rigen bajo los sentimientos del ser sólo un humano más, que debe cumplir con
ciertas funciones impuestas socialmente. Para esto se presenta a la perfección una
de las primeras madres según la literatura hebrea; Lilith, quien para no
renunciar a la libertad que consiguió con Yahweh y volver con Adán al paraíso
terrenal, aceptó el castigo de ver morir a cien de sus hijos demonios,
diariamente por el resto de su vida; a lo cual lanzó otra maldición pero sin
correr el riesgo de volver a la sumisión que Adán le exigía al creerla
inferior. Lilith, es de las primeras mujeres en ir en contra de la atadura
social, masculina y fraternal, para establecerse en sus ideales y regirse sobre
ellos; no es una madre redentora ni hombro de consuelo para sus hijos demonios.
Procrear y ver morir a sus hijos es para
ella una acción y consecuencia más de su vida libre.
También se encuentra la madre que cree hacer el bien;
Bernarda Alba, que cuida sin límites a sus tres hijas y las mantiene en un luto
eterno, que las priva de experimentar los eventos amorosos que la vida les
prepara a una o a otra. Madre literaria que no presta atención a las
necesidades afectivas de sus hijas y sólo busca guardar el luto que por una persona
u otra, se mantiene siempre presente bajo los techos de su morada.
Y tampoco podría dejar de lado a la madre del Spleen e Ideal de Charles Baudelaire:
“Cuando, por un decreto
de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre, espantada y entre grandes blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que la acoge con piedad:
El Poeta aparece en este mundo hastiado,
Su madre, espantada y entre grandes blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que la acoge con piedad:
-¡Ah!, ¡ojalá hubiera
parido un nido de víboras,
Antes que alimentar semejante irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!...”
Antes que alimentar semejante irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
En que mi vientre concibió mi expiación!...”
Baudelaire nos presenta el
dolor y la pena que carga una madre que desprecia profundamente el haber
concebido a un hijo próximo a la poesía;
y el cómo, éste se eleva sobre su incomprensión y maldiciones. Aunque jamás
haya sufrido pena como tal, siempre vio con desprecio a aquella amorosa figura
que tanto le ofreció, pues, esta vez, es por parte del hijo consciente el no
querer cumplir con cierta reciprocidad fraternal. Así, lo presenta en una carta
a su madre en 1862: “¿No crees, que si yo quisiera, podría arruinarte y sumir
tu vejez en la miseria? ¿No sabes que tengo bastante astucia y elocuencia para
hacerlo?”.
Para concluir, me remito a que
entre las tantas madres mencionadas, no existe ya y –a mi parecer- jamás existió
una madre modelo; pues, todas poseen características que las tachan de mártires
y pecadoras al mismo tiempo. Y esto es porque son simplemente humanas como
nosotros hijos, futuras madres o padres, y seres pensantes que sienten y
funcionan en base a sus emociones y acciones encarnadas hacia con las personas
que conforman nuestro entorno. Es fácil juzgar, pero no ponerse en el lugar del
ser que entrega tanto por nosotros, así, lo he comprendido apenas hace unos
meses.

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